viernes, 4 de septiembre de 2026


 

El perro y el hombre de la gabardina oscura

Nico, un perro mestizo de orejas grandes y mirada curiosa, vivía en una casa que siempre olía a madera vieja y café recién hecho. Su dueño, don Elías, era un hombre de apariencia inquietante: alto, delgado, siempre vestido con una gabardina oscura y un sombrero que le cubría casi por completo el rostro. Los vecinos lo observaban con recelo, murmurando historias que parecían sacadas de un relato policial. Pero Nico sabía la verdad: aquel hombre, por extraño que pareciera, tenía un corazón cálido.

Cada mañana, don Elías salía temprano, cerrando la puerta con dos vueltas de llave. Nico se quedaba solo, pero no triste. La casa era su reino. Le gustaba recorrerla, olfatear cada rincón, observar por la ventana cómo la luz cambiaba a lo largo del día. A veces se tumbaba en el sillón favorito de su dueño, donde quedaba impregnado el aroma a tabaco dulce y lluvia.

Aunque don Elías tenía fama de ser un tipo misterioso, con gestos bruscos y una voz grave que imponía respeto, con Nico era distinto. Le hablaba con suavidad, le acariciaba la cabeza con una ternura que nadie más había visto. Por eso el perro esperaba cada tarde con emoción, atento al sonido de las llaves, al crujido de la puerta, al momento en que su dueño entraba y decía: “Ya estoy aquí, compañero”.

Una noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales, Nico escuchó un ruido extraño afuera. Se levantó, inquieto, y caminó hacia la puerta. Un golpe seco resonó en la madera. El perro gruñó, pero no de agresividad, sino de alerta. Sabía que algo no estaba bien.

Minutos después, la puerta se abrió y apareció don Elías empapado, respirando con dificultad. Se dejó caer en una silla y Nico corrió hacia él, olfateando su ropa mojada. El hombre sonrió débilmente.

—Tranquilo, amigo. Solo fue un mal rato.

Nico se acurrucó a su lado, sintiendo que su dueño temblaba. No entendía lo que había pasado, pero sabía que debía quedarse allí, acompañándolo. Don Elías le pasó la mano por el lomo, como buscando consuelo en la presencia del perro.

—A veces la gente cree cosas que no son —murmuró—. Pero tú… tú siempre ves lo que importa.

La lluvia siguió cayendo, pero dentro de la casa todo se volvió cálido. Nico apoyó su cabeza en la pierna del hombre, y él, con un suspiro, dejó que el silencio los envolviera. En ese instante, ambos comprendieron que, aunque el mundo los mirara con sospecha, se tenían el uno al otro.

Y para Nico, eso era suficiente. Su hogar no era la casa, ni las rutinas, ni los días de soledad. Su hogar era don Elías, el hombre de la gabardina oscura que, pese a todo, lo quería con una bondad que nadie más había sabido ver.

jueves, 3 de septiembre de 2026

 La segunda relectura para Septiembre, volvamos a ser parte de esa historia llena de sátiras, de fantasías y de profunda reflexión, lamentablemente mi ejemplar en papel se ha ido, espero a mejores lugares y ojalá este bien cuidado, la relectura será por medios digitales. Un aplauso de pie a Mijaíl Bulgákov.