sábado, 4 de diciembre de 2010

A la muerte de un hijo





Mi corazón ha sido traspasado,
destruído en un instante, aniquilado...
hoy mi vida se derrumba entristecida
porque te has ido, bien de mi alma.

Arrasada por completo tengo el alma
y el dolor punzante del recuerdo me ahoga,
a cada momento te veo y te acaricio,
y mi ser entero se niega a tu partida.

Mi bebe, mi ángel, mi vida entera...
sangre de mi sangre, bien mío...
mis ojos no dejan de derramar su llanto
y en cada lágrima va el deseo de tenerte.

Tus manitas, cual capullos diminutos
acarician cada día mi rostro...
Tu sonrisa, que era mi sol y alegría
llega a mi en sueños cada noche...

Tu aroma de inocencia y pureza
envuelve por completo mi existencia...
tu llanto quieto y delicado
se repite constante en mi memoria...

Te has ido pequeño trozo de mi ser,
me has dejado, en este abandono
que es más frío que tu propia muerte,
y que es al fin la muerte mía.

No hay consuelo, no hay remedio,
no hay paz que pueda apaciguar
este dolor inmenso que me envuelve,
que me lleva a ti, que te trae a mi.

Fue tan breve la felicidad de sentir
la suavidad de tu piel, la luz de tus ojos,
el tono de tu vocesita, tu calor,
tus gracias... Cuanto me haces falta!