lunes, 27 de abril de 2009

Amor de Estudiante

Verónica me encantaba... Como había cambiado.

Era realmente hermosa, vivaz, inteligente, muy sociable, tenía una cantidad de amigos y amigas impresionante, era la chica más popular del colegio. Era hermosa si, tenía unos grandes ojos color miel, un cabello negro, largo y siempre bien cuidado, una voz suave, delicada y su sonrisa era abierta y hasta inocente. Siempre vestía pulcramente, era muy cuidadosa con sus cosas y su persona. Yo estaba encandilado por ella. Tenía la suerte de sentarme muy cerca de su escritorio y a veces, era tanta la atención que le dispensaba que no escuchaba la clase y luego cuando el maestro me escogía para responder a sus preguntas me convertía en el ridículo de la clase por responder incoherencias. A mi no me importaba aquello, porque me sentía pleno con el hecho de poder verla.

Por supuesto que a todo esto, tengo que agregar que Verónica no se daba por enterada, toda mi admiración, mi gusto por ella, mi preferencia por ella, mis pensamientos por ella, eran completamente desconocidos para la chica. Esto es porque yo era el ejecutor perfecto de mi gran defecto: la timidez. No me atrevía ni siquiera a pedirle un lápiz. Pasaba horas planificando una palabra para ella, me imaginaba en grandes diálogos entre risas y bromas, me imaginaba tomándole una de sus manos y acercándome poco a poco a sus labios hasta besarla con suavidad y pasión... pero a la hora de volver a verla, nada ocurría, mi boca se cerraba, mi cuerpo se paralizaba y solo atinaba a bajar la cabeza o a alejarme de su cercanía.

Durante los descansos. Me mantenía vigilándola a una distancia prudencial, mientras los otros chicos se divertían jugando a la pelota o haciéndo mil cosas en los patios. Incluso traté de hablar con sus amigas para acercarme a ella, y hasta en eso fracasé al no poder articular con propiedad el mensaje que deseaba dar, causaba una impresión patética en las chicas que terminaban riéndose y dándo la media vuelta... y yo... quedaba mudo, maldiciéndome con todo mi corazón.

De vuelta en casa, recapitulaba todo el día, claro que en mi mente todo cambiaba, era yo el poseedor de una capacidad de comunicación de primer órden, las chicas caían rendidas a mi carisma y obedientes iban por Verónica que llegaba ante mi, con su sonrisa abierta y hasta inocente y quedaba prendada inmediatamente de mi... Soñaba con eso de mil maneras, soñaba despierto, dormido, en las tardes, por las noches, a toda hora...

Estaba enamorado y no me daba cuenta. De lo que si me daba cuenta era de mi terrible suerte. Pero no era capaz de entender que era mi manera de ser la que me obstruía el camino. La culpa era del tiempo, del maestro, de las amigas, pero nunca mía. Simplemente era mala suerte. Los cielos, los dioses, la suerte, estaban contra mi... y lloraba, al salir de mis sueños de grandeza... lloraba, en la soledad de mi habitación...

Por eso, cuando me enteré que Raúl, el chico deportista, se hizo novio de Verónica, creí que en realidad me moría. Me enteré por mi mismo... un día, a la hora del descanso, me apostaba en mi lugar de vigilancia cuando me di cuenta que Verónica no estaba con sus amigas de siempre, pero tampoco estaba sola... Raúl estaba con ella, sentado a la par de ella, y platicaban con interés, ella reía, él reía... yo me sentía desolado, triste, minimizado... pero aun faltaba lo peor... en un momento... la mano de Raúl se deslizó lentamente hasta tomar la mano de Verónica... yo me quedé sin respiración, ni siquiera parpadeaba al observar aquello... tomó su mano, y apretándola la atrajó hacia él, quedando ambos muy cerca y luego... oh fatalidad!... oh suerte maligna... se besaron... si... se besaron frente a todo el mundo... pero a nadie en el mundo le importaba... solo a mi... ese beso fue un baño de agua helada en mi espalda... fue un bofetón inmisericorde en plena cara... fue un insulto... fue...fue... el final.

Esa tarde, salí llorando del colegio, llegué llorando a casa y me la pasé llorando hasta que me dormí.

Raúl era un idiota... lo único que sabía hacer era pegarle a la pelota y hacer goles. Nunca sacaba buenas calificaciones, ni siquiera podía leer correctamente. Bueno, no tenía acné como yo, era más alto y más fuerte. Pero y eso qué?... Yo la quería, la amaba, la apreciaba... moría por ella y por qué no se dio cuenta?... En mi locura, en mis sueños, empezé a meter goles... y Verónica gritaba de emoción cuando mi balazo perforaba la valla contraria con todo y portero... luego despertaba y empezaba a llorar...

A los pocos días, Verónica andaba tomada de la mano con Sergio... el otro goleador... y Raúl? Este andaba jugando con los demás como si nada... Y luego de varios días más... de la mano con Julio... y luego con Oscar... y con Eduardo... Verla con Sergio, con Julio y con Oscar me hizo llorar y patalear de la misma manera que con raúl... Pero con Eduardo.... Eduardo estaba gordo... enano... feo... si bien es cierto que su papá lo llegaba a recoger todos los días en un Mercedes diferente, decía tener una hacienda con caballos y todo eso... y siempre tenía billetes en su bolsa... Lo ví comprándole a Verónica muchas cositas en la tienda del colegio... y ella dispensándole su enorme sonrisa al gordo...

Este día fue de mucho pensar para mi... Raúl, Sergio, Julio y Oscar... unos idiotas, altos, fuertes, goleadores, de ojos claros y pelo cuidado... fueron abandonados por Verónica por Eduardo, gordo, enano, feo... que tenía este imbécil que no tuvieran los otros? Y qué tenían aquellos que no tuviera yo? Claro... los primeros guapura... el otro, dinero... y yo, pobre estúpido, no tenía ni lo uno, ni lo otro...

Despues de un tiempo... Verónica volvió a estar sola... y me refiero a sola de verdad... ni con los idiotas guapos y ricos, ni con las amigas que antes la rodeaban... Raúl andaba con Sonia... Sergio con Irma, Julio con Hortencia, Oscar con Lulú y Eduardo, solo... con sus bolsas de papitas saladas... Tenía la gran oportunidad en mis manos... Volví a vigilar a Verónica, pero lo que ví ahora en ella era diferente... Sus ojos grandes y color de miel... estaban serios... vacíos... sin luz... Su sonrisa se había esfumado... su gracia, su porte... se había disminuído... en realidad, no la veía tan singular y especial como hasta hace poco la había visto... Era la misma Verónica de siempre.... entonces qué?

Por supuesto que después de varios días, me dí cuenta que no me gustaba... me sentía liberado de aquella terrible opresión en mi corazón... No me importaba donde estuviese o que hacía... ella era la misma, yo era el mismo, pero algo había cambiado... y me alegraba que así fuera... sea lo que fuere.

Fue entonces... cuando mis ojos se fijaron en Betty... Como había cambiado....

4 comentarios:

  1. Esto me recuerda mi propia historia jejejeje... muy bueno.

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  2. Sin duda, todos tenemos un recuerdo con ciertas similitudes.

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  3. que contradiccion!! en algun momento de mi adolecencia fui veronica.. ( creo que veronica se daba cuenta..yo me daba cuenta) como disfrute!!! me sentia importante saber que alguien me deceaba y que jamas me podria tener. tambien estuve en el otro dilema. decear, tener y despues no querer. crysty.

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