domingo, 23 de enero de 2011

El Ciego







Remigio era el ciego de la vecindad, era un hombre grande, tosco, reservado, su rostro cruzado por una infinidad de profundas arrugas, su escasa cabellera blanca salpicada por unos poquísimos mechones negros, su boca torcida debido a una malformación, se mantenía semiabierta constantemente en una manera de sonrisa burlona, dejando entrever unos pocos dientes amarillentos, de esa boca jamás se desprendía el eterno cigarro puro, Remigio fumaba las 24 horas del día, al menos eso era lo que a mí me parecía y todo él se hallaba siempre impregnado de ese peculiar aroma a tabaco quemado que normalmente ofendía a todos, menos a mí.

En lo que a mí concernía, Remigio siempre había estado allí, toda mi vida, yo apenas había cumplido los 12 años y desde que tengo memoria, el ciego había estado cada día en el portón de la vecindad tocando desafinadamente con su viejo y destartalado acordeón y entonando con su voz ronca canciones que nadie recordaba, sentado en un viejo banquito de madera remendada y aquel tacín plateado a sus pies, donde algunos de los pocos transeúntes que pasaban por el callejón le dejaban una o dos monedas...

Esa era la manera en que Remigio "se ganaba la vida" como decían los mayores. En esos tiempos, era poco lo que yo comprendía lo que era ganarse la vida o lo que significaba estar ciego en un mundo donde la vista es algo de suma importancia poseer.

Lo que puedo decir, con seguridad, es que tenía una relación especial con Remigio.

Mis padres, se mantenían ocupados en sus trabajos durante todo el día, ambos salían muy de madrugada, yo quedaba despierto, listo para irme a la escuela, al volver de ella, tenía yo todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiera sin rendirle cuentas a nadie, llegaba siempre antes que los demás niños vecinos y en ese tiempo que andaba solo, me sentaba junto a Remigio a escucharlo, a observarlo, algunas señoras que pasaban por el callejón preguntaban si yo era nieto de Remigio, y rápido abrían sus bolsas para dejarle unas monedas.

Remigio me decía que yo le traía suerte y eso me gustaba. Me sentía importante. Al paso del tiempo, Remigio me dijo que tenía una canción especial para mí. Esa tarde, al estar a su lado, la cantó, yo emocionado, escuchaba:

"En estas tinieblas que la vida me ha dado,
hay quizá más luz que en los ojos que miran,
es tu presencia la brillantez de mi camino
y la alegría del corazón por haberte hallado"

Y repitió durante mucho tiempo aquel versito, al ritmo lento del acordeón que parecía llorar al vestir con música aquellas palabras. Yo lloraba también.

Cuando llegaron mis amigos, corrí a contarles que Remigio me había escrito una canción y que vinieran a escucharla conmigo, pero a nadie le intereso, comenzaron sus juegos, los de siempre, los de cada tarde y desistí de convencerlos, uniéndome yo a los juegos.

Por la noche, al llegar mis padres, emocionado les comenté que Remigio me había hecho una canción y que estaba contento, ellos se vieron a los ojos y serios me dijeron que no entendían por qué tenía yo que andar perdiendo mi tiempo en hacerle compañía al ciego, que no era conveniente que estuviese yo allí afuera, tirado como un pordiosero dando lástima a la gente, que Remigio era de una clase diferente a la nuestra y que era mejor dejarlo solo.

Esa noche me costó dormir, no entendía muchas cosas, pero en mi mente lo que sobresalía eran aquellas palabras, aquel verso y aquella música hechas para mí... y me fui durmiendo lentamente mientras en mis oídos sentía el eco de la voz de Remigio diciéndome:

"... es tu presencia la brillantez de mi camino
y la alegría del corazón por haberte hallado..."

Aquella rutina diaria continuó por algún tiempo hasta que una tarde que volví de la escuela, me enteré al escuchar a los vecinos que Remigio había sido atropellado por un auto en la calle contigua al callejón, los bomberos habían llegado y se lo llevaron a algún hospital... lloré amargamente...

Remigio nunca volvió... mi infancia tampoco lo hizo... fui creciendo, la vida fue cambiando y aquel ciego, se convirtió de a poco en un recuerdo que llegaba de vez en cuando a mi mente.

Me convertí en un hombre, me casé y aunque lamentablemente mi esposa no pudo tener hijos, la amaba sinceramente. Una tarde, al pasar frente a una casa de empeños, ví en la vitrina un objeto que de inmediato capturó mi atención, era un acordeón... idéntico, sino el mismo, que pertenecía a Remigio... sin pensarlo siquiera entré al negocio y me hice del instrumento...

Me compré uno de esos cursos escritos para dominar el acordeón que me dio algunos resultados más o menos apropiados... hasta que llegue a dominarlo de manera aceptable... me pasaba las tardes tocándolo...

La suerte, esa que siempre nos cambia la ruta de la vida, me señaló por la desgracia y mi amada esposa enfermó gravemente perdiéndo sus facultades mentales, no tuve más alternativa que internarla en un hospital neuropsiquiátrico de donde nunca más salió.

El paso de los días era terrible, mi soledad aumentaba y mi único consuelo era dedicarme a sacar aquellas melodías del acordeón... empezé a inventarme ritmos...

Fue cuando vino el golpe mortal...

Mi visión empezó a degenerarse... a un ritmo acelerado, y a una edad donde su pérdida sería una verdadera catástrofe... Pero nada pudo hacerse... quedé ciego en poco tiempo.

Perdí todos mis bienes materiales, no pude conseguir un puesto de trabajo y sin familia ni conocidos, me convertí poco a poco en un mendigo, que con mi acordeón iba provocándo lástima en la gente...

En mi ceguera, no sólo en aquella de los ojos, sino en la de la vida misma, tuve un accidente terrible, mi rostro, especialmente mi boca, quedó irremediablemente torcida... ciego y deformado... me refugié en el vicio del tabaco... me tranquilizaba, decía yo... para darme una razón.

Pasé mucho tiempo en las calles, lleno de amargura, desolado ante una vida sin sentido, el tiempo, ese que todo lo borra como dicen, sólo agravaba mi desgracia... me hice viejo... tosco y reservado

Esa misma lástima motivó a algunas almas caritativas a ofrecerme un lugar donde estar... una pobre vecindad cercana a un callejón... cuando me preguntaron por mi nombre... dije llamarme... Remigio...

Y así, cada mañana, salía yo al portón de la vecindad, sentado en un banquito viejo de madera remendada y un tacín de plata a cantar acompañado por mi viejo acordeón, cargado de recuerdos, tristezas y desolación...

Hasta que aquel niño, vecino sin duda de aquel lugar, llegó a acompañarme día tras día, ofreciéndome con su inocencia, un pequeño oásis de tranquilidad. Recordé con absoluta nostalgia, aquel verso dedicado a mí hace tantos años... y apropiándome de él, se lo dediqué a mi querido amiguito una tarde que volvía él de su escuela...

Sentado a la par mía... me escucho cantarle así:

"En estas tinieblas que la vida me ha dado,
hay quizá más luz que en los ojos que miran,
es tu presencia la brillantez de mi camino
y la alegría del corazón por haberte hallado".